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por: autor palabra
Viernes 24 de Noviembre de 2017

Rosario

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Categoría: Microrrelatos | Fecha: 22/05/2017
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A la hora del almuerzo le pidió a Rosario el periódico y un vaso de jugo de toronja, se sentó plácidamente en el mecedor, se aflojo los zapatos y escudriño los enunciados y las noticias y las fotografías, hasta que no hubo que más releer. –Tengo hambre, comamos ya- Le grito a Rosario que lo observaba desde la cocina. Almorzaron juntos y como nunca antes, fue un momento jovial y agradable para los dos, él como la cosa más extraña, le pregunto pormenores sobre su vida y ella le confesó todo de una manera tan honesta, como si estuviera en una confesión venerable y como si su vida fuera un eterno pecado.
Le dijo que era agradable verlo los domingos vestido con pantalones cafés, con camisas azules y zapatos brillantes, que su buen humor le daba alegría a la casa, que todas las mañanas anhelaba estar en la misa, sin embargo trataba de escucharla desde la segunda planta de la residencia, que su voz era firme y convencía en los sermones a los feligreses de rectificar sus vidas y finalizo aseverando que sería un pueblo abandonado por Dios de no ser por él, que le daba sentido a las miserables vidas de las personas del pueblo. El se entero por primera vez, que aquella dulce mujer vivió frente al mar y se asustaba cuando caían los aguaceros terribles y las tempestades titánicas, que conoció los tiburones y las tortugas gigantes donde un hombre adulto podría navegar sobre ellas.
-A mí me gusta que truene duro y sentir la lluvia en los tejados, no sabía de tus temores Rosario- le dijo fisgonamente y escudriñándola con picardía.
-Me vine a envejecer y a casarme con cualquier hombre pero de buen corazón- Agrego ella a la amena conversación, -Así somos las mujeres mi señor, amamos a los hombres con mirada de niño y manos de mecánico, después a la inversa y por ultimo entendemos que solo necesitamos que nos digan por las mañanas cuantos nos quieren y nos den abrigo cuando llueve y hace frio- Continuo - Sin embargo los hombres de mar, son inmensos de cuerpo pero tienen el corazón de un niño asustado, debe ser por el mar, el mar asusta a cualquiera- Culmino mirándolo fijamente con coquetería.
Ávila sintió el peso cautivante de la mirada y la esquivo desequilibrado aduciendo que Cristo calmo los mares demostrando lo infalible de la fe, al instante constituyó una magistral reflexión, evidenciando con hechos históricos que el agua hacia parte primordial de determinantes sucesos bíblicos.
-Recuerda a Moisés y su hazaña de abrir las aguas, el diluvio con Noé, a Jesús caminando sobre el lago, el agua convertida en vino, a Jonás tragado por una ballena- Complemento -Para mí no es el mar, para mi es la tristeza, la gente triste ama la soledad y extrañamente son felices siendo tristes, les falta la vida de Cristo en su corazón- Sentencio.
Se levanto e intuyó para sí mismo que las cosas ahora serian distintas y que esa mujer delgada, de ojos negros y casi transparentes jamás seria la misma sombra sutil y casi inexistente, que deambulara por la casa desde la madrugada hasta las más altas horas de la noche, persiguiendo los objetos extraviados, barriendo la cocina y hostigando el polvo obstinado y minúsculo del ambiente que sofocaba las cosas.
Al caminar no pudo evitar verla, ella instintivamente esperaba esa reacción y le correspondió con una mirada incisiva y con un suspiro profundo que lo hizo titubear, él se sintió perturbado y solo pudo decir lo único que se le ocurrió.
-Y un hombre así de pesado como yo, también podría pararse en una tortuga de las que tu mencionas?_
Ella respondió con un gesto infinitamente seductor, congénito a la sensualidad pura de una mujer enamorada, se mordió un labio y bajo la mirada, el se quedo atolondrado subyugado por su masculinidad y torpemente dio media vuelta y le dijo – Voy a dormir un rato mujer, estoy cansado no voy a recibir a nadie, todos los que pregunten hasta la otra semana en la oficina, despiértame a las tres por favor-. Termino.
Ella sonrió complacida al verle vacilar rumbo a su dormitorio, se duchó y se sentó en la mecedora a rebuscar suavemente canciones con su guitarra, para él las horas pasaron pero no encontró la tranquilidad, lo atormentó un fuego intenso que consumía sus entrañas, soñaba con Rosario de manera intermitente en una casita florida, llena de colibrís enloquecidos que sacudían los montes y los rosales, de repente en el sueño le aterraba verse corriendo de una jauría de cerdos negros, que protegían a una mujer gigante y que lloraba de felicidad. –Y porque llora?- le preguntaba en su experiencia alucinada. –Porque soy feliz de estar triste- Ella le respondía en su sueño.
Se sentó en la cama en medio del letargo y un calor viscoso se podía sentir vibrando en las ventanas y conteniendo las cortinas en un estado inanimado y sin vida, todo el ambiente era calcinante, fatigante e infructuoso. –Dónde diablos dejaría las aspirinas esta mujer, siempre le cambia el sitio a mis cosas- Murmuro de mal humor. –Rosario, Rosario, agua por favor- le grito, pero esta vez con un cuidado íntimo de consideración y de respeto.
Ella al instante estaba en su recamara como siempre, le sirvió el agua y esmeradamente busco entre los cajones las aspirinas entregándole dos y al tiempo tocó su frente.-Se siente enfermo? Porque no tiene fiebre- Pregunto afirmando y esperó a que le entregara una respuesta.
-No he logrado descansar, solo tengo pesadillas, comí mucho y algo me tiene indispuesto- dijo desganado y con la cabeza agachada, ella tomo la iniciativa y se acerco nerviosa hasta el abismo que gritaba con demencia, por su parte él sintió todo su calor y tembló de miedo de saber que caería a un pantano placentero y sin retorno, no tuvo el valor de levantar la cabeza y enfrentar esos ojos negros que amaba tanto, solo espero que la fuerza volcánica de la atracción lo arrastrara en su locura y le abrazó las piernas como jamás había abrazado a nadie, ella acaricio su cabeza con ternura y le dijo que lo amaba desde siempre, que lloraba de amor de verlo en medio de la gente, tan importante, distinguido y libre de toda tribulación. –Tú eres el hombre de mi vida- le dijo al oído - Duermo en tu cama cuando estas de viaje, me pongo tu sotana para sentirte cerca, me pongo tu colonia para que estés en la casa, cuando te vas por la mañana, quedas tu en tus zapatos, en tus camisas, en tus corbatas, entonces salto en tu cama, cambio las flores y perfumo las cortinas, porque soy feliz solo con saber que vives- Culmino con los ojos cerrados y los brazos gélidos por la revelación.

Se amaron toda la tarde y toda la noche, pero en las orillas del reposo dejaban fluir muy despacio sus pensamientos, por saber que ninguno de los dos podría utilizar otro idioma distinto al de las pasiones desenfrenadas y clandestinas de sus vidas, coincidían en que cualquier reflexión destruiría este castillo frágil pero inmensamente dulce y cálido para la esterilidad de aquellos días tristes de la lluvia. Se miraban sin mirarse, una vergüenza pesada cubría sus respiraciones hasta el extremo de desear profundamente caer en el vacio hipnotizado del deseo y así evitar la razón. Después fueron lentamente desnudando su realidad y apareció el pudor, aplastando la lujuria que ya había carbonizado las sabanas y el aliento vaporoso de la habitación, curiosearon sus cuerpos, desentramando los misterios de sus comisuras, el noto sus senos marchitos pero dignos de una mujer con amor propio , sus piernas largas y dos orificios ligeramente encima de sus caderas, el mechón tenebroso, embrujador y altivo de su pubis y sus manitas y sus pies perfectamente concebidos, en su naturaleza femenina y en su minucioso cuidado. Era muy hermosa reflexionó y tan abandonada a la intemperie de los días, a los meses que se desvanecían como el agua bajo los sauces y el puente de madera y a los años que se desfiguraban como el aparatoso campanario ahora agobiado por las telarañas y rarificado por las enredaderas del maracuyá.
Cómo fue posible que alguien como ella se fijara en él, como fue posible que nadie notara tanta belleza escondida en sus vestidos anchos, de colores prudentes y recatados, caviló como el mismo se sorprendió de ese olor fascinante a caramelo de su cuello, de sus minúsculos vellos dorados y sus orejitas perfectas y en el sitio exacto de su cabeza, de esa boca en sangre pura pidiendo amor, pero lo que más lo sedujo y lo asusto, fue notar que ella no cerraba los ojos al besarle, solo se entregaba y lo observaba como si pudiera maniobrar dos emociones tan fuertes a la vez. - Que ojos tan lindos, tan negros y tan profundos – recapacitó.


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