Sin pudor
Categoría: Cuentos | Fecha: 28/08/2012
Para Dianita y Milita
“Nombres, sitios,
Calles y calles, rostros, plazas, calles,
Estaciones, un parque, cuartos solos,
Manchas en la pared, alguien se peina,
Alguien canta a mi lado, alguien se viste,
Cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos…”
[Octavio Paz]
Era sujetarla en vilo, levarla hasta el punto álgido donde el aire era el único sostén que podía mantenerla, y luego allí malaxar su cuerpo con la suavidad de aquél hombre que moldea el barro colorado con el cual se hacen las vasijas y los cántaros para luego ser cocidos en un horno que apenas emula la temperatura que en ese instante posee la sangre del hombre y la mujer que a solas, tras la madera barnizada de una puerta de hotel barato se empiezan a conocer, se empiezan a reconocer como dos seres cuyas prendas han ido cayendo como de los árboles caen las hojas ya marchitas, pues sus ropas solo afean las gracias de sus cuerpos, el de ella breve, blanco, transparente, ansiando el instante donde la boca sedienta del hombre sorba de su epidermis hasta la última gota de sudor y deseo con una lengua y tibia y húmeda; él con su cuerpo de arado, espigado y dorado al sol, queriendo dejarse caer en el abismo rosa del cuerpo de su amada, ese abismo que parece no ser lo suficientemente ancho, que parece no tener fondo, pero que al final abarcara cabalmente el deseo del hombre cuya barba empieza a raspar el suave rostro de la mujer que está allí con el cabello revuelto, jadeante, expectante, ya libres de los artificios de la ropa, el maquillaje y los nombres, allí sin que nadie más pueda verlos y juzgar las imperfecciones humanas de su cuerpo ella se rebautiza con el nombre de “soy tu puta” y él se renombra con un “soy tu esclavo”, ella cae de espaldas en una cama que gime de placer al sentir su espalda y sentir sus piernas y el punto medio entre la espalda y las piernas, punto que empieza a sentir un cosquilleo mientras ella es sepultada por el cuerpo del hombre que tiembla de felicidad; acto seguido, el hombre que comienza a sellar con su boca de fuego, cual dragón o basilisco, cada lunar, cada peca, cada centímetro de la suave piel que grita y patalea por ser besada, rabieta de besos y gemidos, poco a poco el abismo a una cuarta del ombligo de la mujer es horadado y las manos que moldean el cuerpo se aferran a la breve cintura, ascienden a la redondez duplicada de los pechos, se deslizan debajo de las axilas, asen las piernas vírgenes de sol, el cabello revuelto, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, la respiración caliente y acelerada, maratón inmóvil, carrera boca arriba y boca abajo, movimiento perpetuo, el vacilante grito cuando el dolor y el placer se confunden, estremecimiento de las entrañas, la libación de la especie humana en un abismo carnoso y rosado que absorbe los jugos del amor, el sudor resbaloso y perfumado en el vientre, las bocas rojas de tanto besarse, las manos acalambradas de tanto tocarse y arañarse, una lengua hirviente de tanto lamer un cuerpo de mujer que aúlla de dicha cuando el punto del ay y el placer convergen en un paroxismo que compite con la muerte nublando los ojos, engarruñando los dedos de los pies y las manos, la trepidación espasmódica del cuerpo que es recorrido por el rayo del deseo, el ardor donde se enchufan hombre y mujer en esa cama que clava sus resortes tantas veces exigidos en el cuerpo de la mujer que aun esta boca arriba mientras el hombre esta boca abajo, viéndose a los ojos, tratando de descubrirse entre la mirada turbia y nublada de aquellos que han visto al sol de frente y luego ven todo con una mancha oscura flotando de la nada, cronopios y pelusas en el iris de los ojos, dientes blancos en labios rojos, cabellos revueltos, el jadeo de quién sale de actitudes y ejercicios gimnásticos, mientras afuera en el corredor otros pasos se oyen, mientras afuera el sonido de los autos y el griterío de la gente apagan las voces del placer y el deseo que en ese cuarto de hotel estremecieron el orbe por veinte o treinta minutos.
Luego será ponerse la ropa que los confundirá con tantas otras gentes igualmente vestidas; ella se peina para que no sepan sus misterios, él se pone su reloj, se miran al espejo, se arreglan los cuellos de las camisas; sonríen aun sonrosados, aun agitados de tanto combatir en silencio; se besan una vez más, pero esta vez repitiendo la falacia de aquellos besos adolescentes que se dan con pudor, miedo y coraje en el recodo de alguna calle sin gente, o en la puerta de la casa antes de que ella desaparezca tras la caoba o el cedro; luego será su regresar a la calle donde nadie podrá ver el milagro que lograron esos dos cuerpos, donde nadie conoce sus nombres, y donde muchos otros van o vienen hacia ese mismo milagro que ellos acaban de hacer. Anónimos y duplicados se esfuman en un mar de rostros que nada significan para ellos, que nada pueden sospechar de ellos, y eso sucede con más frecuencia de la pensada, y eso sucede en cualquier lugar, muchas veces, siempre igual.
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Comentarios:
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EUCARRIN - Fecha: 31/08/2012, 04:56 hs (25)
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I-M-P-R-E-S-I-O-N-A-N-T-E. |
Genoveva73 - Fecha: 29/08/2012, 16:05 hs (20)
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Una realidad, a puertas cerradas una historia de sexso y encuentro, y en el andar de la ciudad uno más caminando y recordando, muy bueno
Un saludo genoveva. |
arcangel - Fecha: 28/08/2012, 20:24 hs (23)
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Que excitante, cada palabra cada detalle, muy lindo relato. |
Scarlet - Fecha: 28/08/2012, 13:19 hs (24)
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Uh... que cuento, sin pudor!!...me gustó muchisimo, y me hiciste recordar a Oliverio,tiene un sabor mas que erotico, con excelecia narrado. |
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