Cuestion de vista
Para los que usan gafas, el mundo puede ser un lugar muy hostil, si se le rompen o las pierden... Pero también pueden pasarles cosas bastante peores, si por error les entregan las de otro cliente "muy especial"...
"Veamos, son las cinco de la tarde, si me paso ahora por la óptica, creo que me dará tiempo a recoger después a los niños del cole, y volver a casa antes que mi mujer, para darle una sorpresa...", pensé, mientras aparcaba el coche en la inevitable doble fila de la calle Altamirano, y me dirigía a la pequeña clínica que me había recomendado un amigo... Siempre he tenido la vista perfecta, pero quizás, con lo de superar los cuarenta años, mi visión de lejos ha empeorado un poco...
"Buenos días, señor Ruiz -me saluda la recepcionista, una rubia espectacular en todos los sentidos, desde los tacones de aguja, hasta la minifalda de cuero negro, y la escotadísima blusa de seda blanca-, ya tenemos sus gafas... Si quiere usted probárselas un momento..."
"No, no hace falta, muchas gracias... Además, tengo el coche en doble fila, y no me gustaría que me pusieran una multa... De todas formas, si hay cualquier problema, les llamo"... Y salí a la calle directamente, metiéndome las gafas en el bolsillo del abrigo... y durante un par de días, me olvidé de ellas completamente...
Eso sí, aquella tarde, cuando me las puse en casa para buscar un libro en las estanterías del despacho, a los pocos segundos, me las tuve que quitar, aterrado: de repente, no reconocía mi propia casa... Donde antes se alzaban mi biblioteca, con sus libros cuidadosamente colocados, mis cuadros de marinas, la zona de lectura, con el comodísimo sillón de orejas, todo el salón colindante, había cambiado tanto, que apenas lo reconocía... Era como si lo hubiera arrasado todo un grupo de salvajes alumnos de la ESO colocados por drogas de diseño, destrozándolo todo a su paso, rompiendo incluso las librerías, destripando el sillón, y realizando pintadas satánicas en las paredes...
Me llevé un susto tan brutal, que casi me da un infarto... Instintivamente, me quité las gafas, y a los pocos segundos, todo mi mundo volvió a la normalidad... Todo estaba bien, correcto y en su sitio... Me puse las gafas otra vez, y caí de nuevo en la pesadilla... Está claro que alguien se había equivocado en la óptica: era necesario volver...
Sin embargo, al llegar a la calle Altamirano 267, comprobé que el escaparate estaba medio tapado por una lona de obras, y que a través de la puerta entreabierta, se escuchaban las voces de varias personas... o mejor dicho, de una sola, hablando por teléfono...
"Esta noche, a las 24:00, quedamos donde siempre... No, no olvidéis las túnicas negras, y sobre todo las gafas... Eso es, en el parque del Capricho, entrando por la iglesia desacralizada... Sí, la llave está donde siembre, bajo la segunda maceta a la derecha... No, no faltes"... En cuanto terminó la conversación, cerraron la puerta, la luz se apagó, y yo me quedé, como un bobo, en medio de la acera, y con la funda de las gafas en la mano....
Por no variar, mi instinto de periodista jubilado se impuso al sentido común, y opté por acudir a la cita, al filo de la medianoche... En principio, no observé nada especial: un grupo de gente, correctamente vestida, pero todos ellos de negro, hombres y mujeres, y con el rostro cubierto por una careta de gato blanco, que impedía el reconocimiento... Trazaron un pentagrama en el suelo, y colocaron velas en todas las intersecciones de las líneas, mientras empezaban a salmodiar en voz baja algo que parecía latín...
Unos minutos más tarde, los murmullos se fueron intensificando, mientras varios de ellos caían en éxtasis, al mismo tiempo que miraban algo, de gran altura y tamaño, que debía encontrarse en el medio del pentagrama...
Entonces me di cuenta de que todos ellos se habían puesto, por encima de las caretas de gato, unas grandes gafas de montura de concha muy parecidas a las mías... Y me las puse yo también… Enseguida, apareció ante mis asombrados ojos la figura de un demonio, de casi tres metros de altura, con la mitad inferior como las patas de un macho cabrío, un gigantesco falo erecto, y el torso rojo y musculoso, coronado por un rostro que expresaba la maldad más absoluta... ¡Estaba asistiendo a un “aquelarre” en toda regla! ¡Y para cualquiera que no llevase puestas las gafas especiales, era una ceremonia completamente inofensiva!
En un momento dado, una de las figuras femeninas se quitó la túnica, quedándose completamente desnuda salvo por la máscara de gato, y se adentró en el pentagrama... Jamás olvido unos pechos hermosos, y más si tienen la conjunción de lunares que había visto hace algunos días: era la atractiva recepcionista de la óptica... salvo que ganaba muchísimo sin la ropa... Se fue acercando lentamente al demonio, quien tendió hacia ella los brazos, y la alzó en el aire, para dejarla caer lentamente sobre su miembro enhiesto... La rubia al principio empezó a gritar de dolor, pero al cabo de unos minutos, comenzó a gemir, con una voz ronca, que culminó con un rugido de éxtasis absoluto del demonio... y de la rubia...
Alguien se encargo de extender unas colchonetas sobre el suelo, y todos se despojaron de sus túnicas, para entregarse a todo tipo de cópulas, mientras el diablo (que parecía incansable) iba penetrando, uno a uno, a todos los integrantes del grupo... hombres y mujeres por igual... aunque por distintos orificios… No quise ver más... y me alejé de allí...
A la mañana siguiente, acudí a mi amigo, un policía nacional, y le expliqué todo lo que había presenciado aquella noche: las máscaras, la ceremonia, la orgía, el diablo... Le convencí, sin demasiado problema, para que me acompañase hasta la óptica, con las gafas a buen recaudo en el bolsillo de la chaqueta... Aparcamos sin problema, en doble fila, pero con el vehículo policial, nadie pondría el menor problema...
Lo que no me esperaba, de ninguna manera, es lo que dijo la impresionante rubia: "Señor Muriel, ya veo que ha localizado a nuestro amigo... que se llevó por error sus gafas... y asistió a nuestra ceremonia privada..." Segundos más tarde, me arrastraron hasta la trastienda, y de allí al sótano, donde se encontraba una enorme losa de granito, manchada de sangre, que dejaba pocas dudas sobre mi futuro inmediato...
Siempre hay que tener mucho cuidado, para no confundirse de gafas... Y seguramente, Juan, el involuntario protagonista de la historia, hubiera estado encantado de ser completamente miope, para no apreciar los preparativos, muy meticulosos, de su sacrificio...
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Comentarios:
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hombresdetinta - Fecha: 24/05/2011, 15:48 hs (20)
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las claves para un buen relato de terror son las mismas que para cualquier otro relato: definir si eres víctima o verdugo,y por supuesto, si estás en condiciones de infligir el castigo extremo (casi siempre es la muerte), o algo bastante peor... |
hombresdetinta - Fecha: 24/05/2011, 10:20 hs (36)
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sí, es un relato de terror... muy "light", muy suavecito... |
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